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  • Writer's pictureAcademia Kairós

En Contexto #3: Impotencia


La semana pasada el filósofo y profesor de la Academia Kairós, Fernando Rivera, dictó una charla titulada “¿Cuánto vale realmente mi voto?” En ella abordó los desafíos del sufragio en el siglo XXI en el contexto de decepción de los votantes, así como de la creciente impotencia que tiene el voto para configurar la soberanía nacional en un mundo globalizado, cruzado por intereses y poderes fácticos, económicos y políticos. La respuesta de Rivera fue afirmativa: el voto sí vale, pero en un sentido diferente al que creemos. “[Su] poder no radica en su efectividad para modificar –en el nivel que sea–, un cierto orden social, sino en la contención de cualquier intento por transformarlo de modo abusivo”.


La respuesta es incómoda. Lo que hace es darle un significado al voto que, según Rivera, se encuentra olvidado; pero si la respuesta es cierta la conclusión es difícil de aceptar. Hoy en día la figura de una autoridad vertical cada día nos parece más incómoda (como muestra en su brillante libro El miedo a los subordinados la socióloga Kathya Araujo) y, desde esa incomodidad, surge el deseo por una autoridad más horizontal y por mayor participación en la democracia. Pero los medios que hoy existen para lograrlo no alcanzan. El voto cada cuatro años no da el ancho.


Lo que queda es la impotencia de sentir que lo que hacemos no cuenta, no logra nada. El origen de la llamada “cultura de la cancelación” puede, quizás, explicarse también por ese sentimiento. Muchas veces la justicia avanza lento y en muchos casos queda en la ciudadanía la sensación de impunidad, y también de impotencia. Más allá de su aspecto moral, las “funas” responden a una situación en la que, pareciera ser, cada uno tiene que tomar las cosas por sus propias manos si desea que algo ocurra. Lo que sea. El “cancelar” a alguien tiene ese atractivo: quizás mi acción puede tener un efecto sobre el mundo, quizás esto puede aportar a luchar contra el racismo, la misoginia, la transfobia, o lo que sea. Tener una plataforma en internet permite, potencialmente, poseer una voz ante quienes tienen mucho más poder. Permite adquirir un poder donde antes no lo teníamos.


Sin embargo, la impotencia también es una llama que, varios, han aprendido a alimentar para su propio beneficio. Por ejemplo, la diputada Pamela Jiles, “la abuela”. Su figura crece en la medida en que sus seguidores sienten que ella es la única persona que puede hacer algo para luchar contra la corrupción, el status quo. O lo que sea. “La diputada aprendió a gestionar la furia de los que sienten que jamás fueron escuchados y que a través de ella buscan el desquite”, apunta el sociólogo chileno Óscar Contardo. Para su éxito, no importa si ella logra realmente cambiar en algo las cosas. Su figura se alimenta de esta performance, de la imagen que proyecta que ella va a cambiar las cosas al fin. La diputada aprendió a alimentarse de quienes no tienen nada que perder, de los impotentes.


La impotencia puede alimentar la rabia y esta, a su vez, puede alimentar la acción. Pero el peligro acecha precisamente ahí. ¿Hasta qué punto la impotencia es útil para la demagogia y la idolatría de quienes dicen pueden liberarnos y hacer las cosas que “necesitan hacerse”?


En su charla, Rivera ahonda precisamente en ese punto y plantea la amenaza que esto significa para la democracia. “Desde el punto de vista del antiguo poder –eficaz, monolítico, unilateral y arbitrario–no es de extrañar que el poder de la democracia, cuyos cimientos descansan sin más sobre su propia limitación y transparencia, sea experimentado por sus portadores con decepción e impotencia. ¿Significa esto que el voto carece de poder? La respuesta es no. Significa más bien que la democracia posee como primera cualidad una distinción negativa: nadie puede detentar – ni individuos, ni colectivos – la capacidad de ejercer un poder unilateral”.


En comparación al poder del antiguo régimen, la democracia es débil y frágil. Y por eso mismo, depende de una promesa para conservarla y protegerla. Esta protección es una tarea de la ciudadanía, que debe encarnar el “modo de vida” que significa la democracia. Pero también de una autoridad que sepa leer los síntomas que se esconden bajo su tejido para saber escuchar y dialogar con esas diferencias y tensiones. Y también saber desarticular las amenazas que ponen en peligro el tejido democrático. Un poder que sepa leer los signos y los afectos que están en la raíz del descontento: los que pueden alimentar la movilización y la unión, pero también las figuras demagógicas. La diputada Jiles es un show y un meme. Pero quedarse en ese plano es insuficiente. “Lo que resulta indispensable es el esfuerzo por comprender qué está logrando representar con su enigmática figura”, comenta Josefina Araos en referencia a Jiles.


La política no sólo es tierra de discursos, sino también de afectos. Y quizás, son ellos los verdaderos protagonistas. La pregunta que urge hacerse es cómo poder leer y darle palabra y dirección al afecto - el cual muchas veces aún no tiene ninguna de las dos cosas - para proteger la democracia.


 

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